De veraneo con Sylvia Plath, Gala Dalí o Virginia Woolf: sus destinos clave.

Nunca un viaje es igual a otro. Y una vez que se emprende la aventura se produce algo indescriptible que genera, para muchos, una especie de vicio, de enganche y, también, de mono cuando falta. Puede que a principios de los años XX, cuando Virginia Woolf emprendió su primer viaje a España, concretamente en el 1905, no fuera tan fácil subirse a un avión y escoger fecha y destino según comodidades, pero ella, en un intento de superación personal tras sufrir la pérdida de su padre, decidió sacar fuerzas de donde muchas veces parece que no las hay y se con tan solo 23 años se vino con su hermano Adrián.

Primero visitó Oporto y, tras tener un inconveniente con el ferrocarril y, accidentalmente, pasar una noche en la pedanía de Almorchón, en el municipio extremeño de Cabeza del Buey en Badajoz, llegó a Sevilla y se alojó en el hotel Roma. Su primera noche en este alojamiento no fue la más oportuna, pues en sus diarios escribe que toma una “deprimente cena”.

En la ciudad hispalense visitó la catedral, y, aunque sorprendentemente la ciudad no le causó gran sorpresa (“el paisaje no es hermoso, es desarbolado y hace calor”), fue en Granada donde se quedó impregnada por la belleza de la Alhambra, así como por la naturaleza que le rodea, los colores de sus calles, la alegría de su gente y los olores, que, como sucede con las personas, tantos recuerdos crean.

La escritora salió de su Habitación propia y no se quedó satisfecha con este primer viaje a España, que, en su luna de miel con Leonard Woolf -en el que también visitó Italia-, regresó para visitar nuevos destinos patrios, entre ellos, Madrid y Toledo (de los que llegó a decir que hacía demasiado calor y que el cielo era irremediablemente azul) y también el Levante, pisando Alicante, Murcia o Tarragona. Durante estos días, allá por 1912, Virginia y su marido se sometieron al descanso absoluto y pasaron sus tardes entre té y lecturas.

Contenta con sus visitas, pero no del todo convencida de haber disfrutado suficiente sus viajes a España, decidió volver una tercera vez, en 1923. Lo hizo, esta vez, para visitar a su amigo Gerald Brenan en la Alpujarra granadina, lo que terminó de convencerle de la grandeza de los paisajes del país: “España es, con diferencia, el lugar más espléndido que he visto en mi vida”.

En el mismo año del primer viaje de Woolf a España, Ágatha Christie se mudaba a El Cairo, donde escribió una primera novela llamada  Snow Upon the Desert que ninguna editorial compró. Luego volvió a Inglaterra, se casó y, en un arrebato y siendo ya madre de una niña de dos años, decidió recorrer el mundo en una aventura de, nada menos, que diez meses.

En África se alojó en Mount Nelson Hotel, en Ciudad del Cabo. Allí aprendió a surfear, tuvo sus primeras lecciones vinícolas en los viñedos, deambulaba entre los pueblos de la Península del Cabo, se subió a la cima del Table Mountain y recorrió las antiguas minas de diamantes de Kimberley subida al tren azul.

Los siguientes destinos que pisó fueron Australia y Nueva Zelanda, según ella, éste último, “el país más bonito que habría visitado jamás”. Allí viajó en tren de vapor  a Dandenong Ranges, hizo paradas en lugares como Melbourne, Sydney o Hobart y  se llevó grandes lecciones culinarias de la península de Mornington. Aprovechó tanto sus estancias que también recorrió las montañas azules de la zona, así como Rotorua, Nelson y Hokitika.

La faceta más aventurera de Ágatha terminó de hacerse visible en América del Norte. Puede que impulsada por los orígenes de su padre, que era de Nueva York, Ágatha quiso recorrer el continente y, de Hawái se fue al Niágara y de ahí a la costa estadounidense. Durmió en el lujoso hotel Fairmont Empress Palliser, desarrolló sus habilidades surferas en sus playas y se quedó cautivada por la belleza de las montañas de la Alberta y Columbia.

Desde este lado del charco, en 1939, en un contexto en el que los estragos de la Guerra Civil española se acompañaban con los de la Segunda Guerra Mundial y la pugna del trotskismo y el estalinismo, André Breton invitó a Frida Kahlo a presentar su obra en París, a propósito de la exposición Mexique. La artista mexicana, sin saber que éste sería uno de los detonantes que le llevarían a terminar su relación con Breton, viajó hasta la ciudad francesa y llegó de milagro, casi al borde de un naufragio.

Fue recibida por, nada menos, que Dora Maar y Jacqueline Lamba. Y allí, sin hablar apenas francés, con sus cuadros retenidos en aduanas porque Breton no había ido a buscarlos y en medio del descontento que reinaba por entonces en París, Frida se alojó en el Hotel Regina.

aquí me siento tan lejos como un desierto y quiero volver pa’casa”, Frida Kahlo

La capital francesa no fue de su agrado, pero su mirada artística encontró encanto en los pequeños placeres que ofrecía la ciudad, como el literario Les Deux Magots (muy visitado también por Marguerite Duras), el sabor de los quesos franceses, las irresistibles baguettes o las flores de los puestos callejeros que ornamentaban cada rincón de la ciudad.

Una década más tarde, a principio de los años 50, tras casarse con Ted Hughes, Sylvia Plath se fue de luna de miel con su marido a distintos enclaves del mundo: París, Madrid o Benidorm.

De Benidorm, precisamente, se guardan parte de los recuerdos de la poeta. Por entonces no era tan urbano como lo es ahora y podían distinguirse trazos de naturaleza que cautivaban a sus visitantes, en lugar de los imponentes rascacielos que se divisan en su paisaje hoy (“vi aquel mar azul centelleante, la limpia curva de sus playas, sus inmaculadas casas y calles -todo, con una pequeña y relumbrante ciudad de ensueño“).

Cuando viajaba en autobús con Ted, una mujer que se encontraba sentada en el asiento delantero a ellos les ofreció quedarse en su casa. Así lo hicieron durante cinco semanas en las que leyeron, escribieron, dibujaron, disfrutaron de la playa y, hasta, se echaron la siesta en varias ocasiones. El hedonismo fue sinónimo de Benidorm para ellos. Y de este placer viajero emergieron poemas como Las remendadoras de redes o Los mendigos.

A poco más de cinco horas en coche, desde Benidorm hasta S’Agaró, en la Costa Brava, se encuentra una de las huellas que más eco tuvieron entre las visitas internacionales que pisaron España. Se trató de Katherine Hepburn, que, al igual que Elizabeth Taylor, se hospedó en La Gavina mientras rodaba De repente el último verano.

Pero hablar de la Costa Brava sin mencionar a Gala Dalí sería como hablar de de Simone de Beauvoir sin París. La rusa, que también vivió en esta ciudad francesa junto al poeta Éluard, se mudó a la Costa Brava cuando se enamoró de Dalí, de quién sería después, no solo consejera profesional y profesional, sino también su única administradora.

Vivieron juntos en Figueras, de donde era el pintor, en Cadaqués y en Portlligat. Famosa es la historia de cuando Dalí le regaló a Gala el castillo de Púbol para que huyera de las críticas a las que estaba sometida en el pueblo nativo del artista. Ella creó ahí su casa y solo permitió a su pareja entrar con previa autorización por escrito.

gala dali

Puede que esta zona catalana fuera una de las más frecuentadas por el star system del momento. En Tossa del mar, de hecho, ahora puede visitarse una estatua que homenajea a Ava Gardner en lo alto de la playa de Colodar. Porque Ava residió allí durante el rodaje de Pandora y el holandés errante. Dicen que la Pastisseria Tomás y el Hotel Tonet se encontraban entre sus reductos favoritos.

Aunque para hablar de destinos de Ava Gardner es necesario hablar de Madrid. Allí vivió durante años y se enamoró de la ciudad -o la ciudad de ella- entre tablaos flamencos, compras en Loewe,noches en el Lhardy, bebidas en el Chicote, toros en Las Ventas y amaneceres en la churrería San Ginés. Decían que las calles de Madrid olían a su perfume.

De la capital española, en la que vivió, a la ciudad condal catalana Carmen Laforet ambientó su, ya considerada mejor obra, Nada. California pertenece a Joan Didion, diferentes enclaves de Francia a Annie Ernaux y, por supuesto, también están las playas de la directora de cine Agnés Vardá: playa de Setè, playa de Bélgica, de París, Avignon, China, Noirmoutier, Cannes o  La isla y Ella.

Sea como sea, fuere como fuere, cada una de ellas extrajo de cada una visita una fuente de inspiración evidente. Trazos de experiencias vividas que ayudaron a muchas a crear algunas de las obras que más suenan hoy. Destinos por los que caminar es envolverse, por completo, en las historias de sus vidas.