Gala Dalí o la tiranía de la artista

gala dali

Decía Simone de Beauvoir que las mujeres que no temen a los hombres hacen que sean los hombres los que le tengan miedo. Y Gala, según Salvador Dalí, rugía cuando se enfadaba. Dicen que Elena Ivánovna Diákonova (1894-1982), antes de despojarse de su nombre y ganar fama como Gala Dalí, ya era de las que tenían un carácter arrebatador. Una mujer clara, con las ideas firmes. Una mujer de palabras impulsivas e instantáneas que salían por su boca como un acto reflejo ya antes de formar parte de la vida, de su primer marido, Paul Éluard (que dijo de ella que nunca era la misma mujer).

Gala Dalí despertaba antipatía. Era culta, inteligente, intuitiva y decisiva. Los surrealistas comenzaron a detestarla cuando el estrambótico Salvador Dalí empezó a llenar sus bolsillos guiado por los consejos de su pareja. Luis Buñuel la tachó de su lista por llegar a la vida del pintor cuando él transitaba un periodo de mala relación con el catalán -llegó a bromear sobre estrangularla- y, la familia de Dalí y muchos otros intelectuales y personalidades del momento dijeron de ella que era una mujer tirana, calculadora, fría, libertina y egoísta.

Pero Salvador sin Gala no habría sido el mismo que recordamos hoy. Llegó a su vida revolucionando, incluso más, todo. Dejó el lujo parisino por una casa marinera sin luz de 20 metros cuadrados y, a partir de entonces, fue la sombra que cobijó a Dalí. La que le cubrió cuando tenía calor, la que le permitió abrir los ojos y sacar una parte de la creatividad que él tenía en sus adentros y que todavía no habría mostrado: la del amor y la admiración.

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La rusa nació en Kazán, pronto se mudó a París y tras diagnosticada de tuberculosis fue enviada a una clínica en Cladavel (Suiza), en la que, además de someterse a un fuerte medicamento para tratar la enfermedad que nunca le permitió gozar de una salud física y mental estable, conoció a Paul Éluard. Lo hizo leyendo un libro de Dostoievski, tras cautivar al poeta con su lectura cuando él tan solo tenía 17 años.

La historia de Éluard y la de Gala es la historia de un flechazo. En 1916, dos años después de lograr el alta en la clínica se instala en París, concretamente en la casa de los Éluard sin estar aún casada con él. Ella reside allí, en casa ajena, mientras él se encuentra alistado en filas de infantería y mantienen su relación intercambiándose cartas y, también, algunos dibujos que ya anticipan la vena creativa de la rusa.

La relación entre Éluard y Gala es romántica y apasionada. En uno de los permisos del poeta aprovechan para casarse y, contra el prognóstico que ella tenía en mente, tienen una hija a quien llaman Celice. Sin culpas, remordimiento y con plena seguridad en sus actos y sentimientos, Gala vivió muchos años con Celice, pero nunca tuvo una relación cercana a ella porque la maternidad nunca había sido algo que entrara en sus planes ya que, de haber entrado,  le habría gustado además que, en lugar de Cecile, haber tenido un niño llamado Pierre.

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La distancia física entre Gala y Paul se convierte también en una distancia emocional y, en las cartas que se intercambiaron, que podemos leer gracias al libro que las recoge, Cartas a Gala (1924-1948), de Tusquets Editores, él comienza a plantearle a ella un giro de tuerca, un juego deseoso para avivar su relación (“tu fidelidad me conmueve”, escribe): su deseo de verla con otros hombres. Si algo compartía la pareja era su carácter libertinario, algo que pronto se llevó a la práctica y cada uno comenzó a mantener relaciones extramatrimoniales a instancias del otro. También, incluso, terminaron en una relación triangular con el amigo del poeta, Max Ernst, que no terminó con buen final, pues Éluard, al jugar con fuego, terminó quemándose.

Si bien el trío decidió separarse y Gala y Éluard siguieron siendo pareja, un mes de agosto de 1929, acompañados de otros artistas como René Magrit, el matrimonio baja a la Costa Brava para encontrase con Salvador Dalí, a quién Éluard había conocido previamente en París. Lo que jamás habría imaginado el poeta sería que, en un momento en el que pretendía dinamizar su relación, conseguiría el efecto contrario sentenciando su broche final pues, Dalí, nada más verla cayó rendido ante su encanto (“me entraban ataques de histeria y ataques de risa por los que tenía que tirarme al suelo”).

Cuando se conocen ella tiene 10 años más que Dalí y, el interés por él también se hace palpable cuando decide quedarse más días en la costa junto al que sería su amante, poniendo como excusa un problema médico de su hija Cécile. Sería entonces en el mismo otoño de 1929 cuando ella se daría cuenta de que prefería la mundana vida del pintor, que la elitista del poeta.

Se casaron por lo civil en 1934, en 1958 lo hicieron por la iglesia y, en 1969, Dalí, cansado de que en el pueblo insultaran y tiraran pañuelos a su mujer por los vínculos familiares que supuestamente había quebrado, quiso hacerle uno de los homenajes más imponentes para hacerle sentir bien: el Castillo de Púbol. Ella aceptó el regalo con una condición: él solo podía entrar con una invitación previa.

Gala hizo mi éxito mundial

Salvador Dalí

Gala actuaba con Dalí como siempre había actuado con sus anteriores relaciones. Conducía su vida. Era modelo del pintor, pero también su administradora, consejera, comercial, supervisora y asistente (“toda mi pasión está en el amor que siento con Gala”, confesó él). Era su mujer, había sustituido a su hermana Ana María como compañera artística y actuaba, en muchas ocasiones, de madre. No había pincelada del pintor sin supervisión de Gala. Ella le leía mientras él pintaba. Decidía la postura de sus retratos.

De Gala se han encontrado manuscritos, dibujos y diarios que explican su mente irracional y neurótica. Textos y notas en las que se pueden apreciar elementos comunes con la obra del afamado artista. Indicaciones de que, como el mismo catalán admitió, compartían autoría.

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“Estoy pintando Gala y Dalí, Dalí y Gala”, dijo el artista.

 Gala y Salvador eran uno. Eran Gala Salvador Dalí.