Carmen Laforet y Elena Fortún: sus cartas de corazón y alma

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“Creo que no solo hay parentescos de sangre en la vida, sino también de espíritu. Me siento pariente tuya, muy tuya, de verdad”, escribe Carmen Laforet a Elena Fortún en una de sus cartas.

Cuando la autora de Nada conoció a Celia Gálvez Montalbán leyéndola en las páginas de Gente Menuda, ya soñaba con formar parte del universo de la autora que dio vida a este personaje literario. Lo que nunca se imaginaría sería llegar a lograrlo, pero lo hizo. Su letra cruzó el charco y llegó a Elena Fortún en 1947, en parte, como una salvación. Laforet se convirtió para Fortún en una confidente, fue la personificación del verbo admirar, la energía que incita la sorpresa, la incertidumbre del que sabe que algo está por llegar y que, finalmente, llega.

La letra de dos de las autoras más alabadas del siglo XX (“usted es en estos momentos la primera escritora española”, escribe Elena) nadó el océano hasta que, en 1952, Fortún falleció por cáncer de pulmón. Durante todos esos años nada resultó un impedimento para mantener su relación en una era en la que, la única vía de comunicación, era la pluma. Ni ser mujer, ni la época en la vivían ni, ni siquiera, los treinta años que les separaban. Porque en realidad y paradójicamente, no hicieron más que acercarles.

Fortún era como una madre para Laforet -que por entonces tenía 26 años- y Laforet era la hija que siempre había querido ser de Fortún. O la amiga de colegio de la propia Celia, el personaje que tanto le había cautivado de pequeña. La una para la otra eran un cobijo, un abrazo intenso. Se tocaban sin tocarse, se entendían sin escucharse y se hablaban sin mirarse.

Cuando los hijos son hombres les queremos solo por el recuerdo de haberlos querido tanto”. Elena Fortún a Carmen Laforet.

 

Intercambiaron cartas durante poco menos de seis años. Crearon una relación de cariño, afecto e intimidad. Eran dos mujeres que amaban la literatura por encima de todo y, aunque Laforet mostraba en sus escritos una gran inseguridad literaria, encontraba en la propia Fortún la palmada en la espalda que tanto necesitaba.”Tampoco creo que mi literatura tenga nada de particular para las gentes, solo que para mí misma es un trabajo que me arrastra, me desespera y me causa alegrías. Es como un enamoramiento, ¿sabes? Eso no es malo”, llegó a decirle en 1951. La escritora catalana era crítica consigo misma e incluso despreciaba algunos de sus textos mientras escribía La isla y los demonios, obra que Fortún nunca llegó a leer porque se publicó en el mismo año de su muerte. Eso sí, un consejo le dejó primero: “Creo que nosotras (las mujeres), escribimos mejor lo que es autobiográfico”.

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Se quisieron más allá del fanatismo y de la fascinación que se tenían. Ellas se sentían. Hablaban de su día a día, de sus proyectos presentes y futuros, de la enfermedad, de la religión y por supuesto, también del amor. “Me casé cuando era adolescente y no había pensado aún en escribir una sola idea. He tenido cuatro hijos de los que solo me vive uno tan lejos de mí material y espiritualmente que es ya como si no tuviera ninguno”, explicaba Fortún para, seguidamente, aconsejar a la joven que viviera contabilizando los segundos con la libertad como parte de su bandera.

¿No es esto muy raro? He sido tu verdadera amiga desde mi infancia aunque sabía que tú eras una persona mayor. En realidad he vivido mucho contigo”

Carmen Laforet a Elena Fortún.

Aunque durante este intercambio de cartas la autora de cuentos infantiles se encontraba en Buenos Aires, antes había vivido durante muchos años en España. Nació en Madrid y llegó a residir, también, en Canarias, concretamente en Santa Cruz de las Palmas. Y a La Palma de Gran Canaria llegó, precisamente, Laforet con sus dos hijos, aunque no en la misma fecha que la primera. Así se lo relata: “Ahora que pienso en Canarias para hacer mi estúpido libro recuerdo calles por donde yo he corrido pensando en ti y contándote a solas mis tonterías. ¿No es esto muy raro? He sido tu verdadera amiga desde mi infancia aunque sabía que tú eras una persona mayor. En realidad he vivido mucho contigo”.

En sus últimos años Fortún estuvo ingresada durante meses en dos sanatorios diferentes y, aunque su estado físico no le permitía escribir todo lo que a ella le gustaría, pidió a Laforet que, por favor, continuara informándole aún sin recibir respuesta: “Ya que me dice que siempre me ha tenido en su vida, no quiero salir de ella”.

Me preguntas si quiero curarme. La verdad es que ya no quiero vivir más”.

Elena Fortún a Carmen Laforet

Las cartas de Laforet y Fortún rebosan honradez, ternura y respeto. Muestran confesiones, relatos de su vida, ambiciones e inquietudes que probablemente nunca hayan sido dichas a otras personas. Se tratan con el respeto y el amor de quien admira a otra persona, pero con la confianza y la desvergüenza que otorga la distancia.

De Corazón y Alma
De Corazón y Alma, Carmen Laforet y Elena Fortún

En el recopilatorio de cartas, recogidas en De corazón y alma (1947-1952) por Fundación Banco Santander gracias al trabajo de investigación y búsqueda realizado por Cristina y Silvia Cerezales, hijas de Laforet, se muestran dos etapas vitales completamente diferentes: la cercanía a la muerte de Fortún y el auge literario de Laforet. Dos episodios que convergen, una amistad sincera, la expresión del sentir más elevada a través de palabras que, sin ser escritas para estar publicadas, forman una obra magnífica del recuerdo de dos de las escritoras más afamadas de la literatura española del siglo XX.

No sabes cuánto me has hecho pensar y cuánto me has beneficiado. ¿Cómo no voy a quererte?”, Carmen Laforet a Elena Fortún

La sabiduría de la experiencia y la ingenuidad de la juventud se dan la mano hasta llegar incluso a confesar sentimientos desconocidos, como Laforet decide contar a su amiga: “He conocido estos días a una persona que ha influido en mi vida de manera muy extraña y muy buena. Me ha hecho pensar en Dios, ¿sabes? Yo siempre he sentido una fe muy ingenua que no solo no iba acompañada al razonamiento, sino que se separaba de él por completo… Y sigo teniéndola. Pero no me había preocupado nunca de esta parte espiritual de la vida y de la salvación y la alegría que hay en ella”.

Elena Fortún falleció un mes de mayo de 1952. Nunca llegó a leer la última carta que Laforet le envió, pero hasta sus últimos días exprimió siempre su energía para pensar en ella. En las mañanas en las que se levantaba con alegría -decía que, sobre todo sucedía cuando los pajarillos se posaban en la ventana-, entre sus rituales cotidianos, dedicaba espacio para informar a su amiga.