El amor a través de Simone de Beauvoir y su inseparable Zaza Lacoin

Simone de Beauvoir y Zaza Lacoin

“Mis padres hablaban conmigo y yo con ellos, pero no charlábamos; con Andrée mantenía conversaciones de verdad, como papá con mamá por las noches”. Las Inseparables, Simone de Beauvoir (Lumen, 2020).

Cuando quedo a tomar un café por las mañanas los fin de semana. Unas cañas los viernes por la tarde, en las conversaciones de whatsapps que -raramente por mi parte- se alargan. Hay un tema que tarde o temprano acaba apareciendo en cada conversación para desnudar parte del alma, como si fuera algo necesario y capaz de despojar un poco la manta que da tanto calor en invierno y, que no necesita en verano. Como si siempre hubiera que pasar ese frío preciso para que la piel se siga erizando. Que, en un intercambio de palabras, los ojos se abran, el corazón lata con más ímpetu evidenciando que está sano y vivo o, simplemente, buscar un desahogo -que es otra manera de hacerlo-. En varias de esas charlas sinceras, de las que se sienten en las entrañas y te dejan días pensando, con la cabeza que no puede dejar de dar vueltas sobre el mismo tema, aparece una conclusión imperante: que el amor es admiración. Y sin admiración no se puede amar.

Leer Las inseparables de Simone de Beauvoir, relato intimista que la autora escribió tan solo cinco años más tarde de la obra que la coronó como una de las máximas del feminismo, El segundo sexo, es reafirmar con garra esta sentencia. Porque la historia que ella describe en esas páginas, la de su apasionada amistad con Elisabeth Zaza Lacoin es, precisamente, eso: admiración. Como la que sentía por Sartre, pero al mismo tiempo muy distinta (“Todos los niños a quienes conocía me aburrían, pero Andrée me hacía reír cuando paseábamos entre clase y clase por el patio del recreo”).

Zaza, SImone y su otra amiga, Geneviéve

Beauvoir deja a un lado su protagonismo para cedérselo a Zaza. Es la historia de un deslumbramiento. El deslumbramiento que provoca el amor.

¿A qué edad está permitido pensar que es para siempre?”

En el camino de Sylvie- el alter ego de Beauvoir- se cruza  Andrée, personaje que describe a Elisabeth Lacoin, aka.Zaza. Lo hace en el centro escolar católico Adeline Desir y, como todo lo que aparece sin avisar y de repente, un torbellino se avecina sobre su tranquila y apaciguada vida. La tormenta que luego trae la calma. Porque Andrée es alegre, espontánea, divertida y tiene ese toque rebelde que logra convertirla en la clase de chica que una niña de tan solo diez años admira en su colegio, esa que se salta las normas, que corre contra todo pronóstico y que le hace ver que en la vida, a veces, hace falta desatarse el corsé.

-¿Usted nunca se queda soñando con cosas?

-No- dije humildemente.

¿Con qué iba a soñar? Quería a Andrée por encima de todo y la tenía a mi lado.

Andrée es pícara y Sylvie hace todo lo posible por estar a la altura de esa astucia (“a mí me escandalizaba un poco la irreverencia de Andrée, pero me parecía que tenía gracia”). Se vuelve vulnerable -¿no es eso también el amor?-, y, a pesar de no compartir e impugnar varios de sus comportamientos, no quiere desagradarle, y mucho menos aún: decepcionarle. La decepción podría suponer la ruptura, el cese de interés de una por la otra, un cierre de puerta con llave y hasta con cerrojo que jamás -piensa ella- podría volver a abrirse.

Así que con la ingenuidad de quien ama y siente fascinación por otra persona, Sylve sigue sus pasos, con cierto miedo pero también mucho orgullo, y se involucra en comportamientos que nunca antes habría imaginado tener con el único propósito que le invadía la cabeza, el de ser admitida, querida y valorada por Andrée.

Las jóvenes hablaban. Y hablaban mucho. Siempre empleando la cordialidad del “usted”. Cuando Bernal y Pascal entraron a formar parte de las conversaciones de Andrée, Sylvie estuvo ahí.  Y una vez más: aguantar el dolor para seguir a su lado. Charlar durante horas y horas, escuchar las una y mil historias que Andrée vivía en su revolucionaria y, siempre, altibaja vida. La desconsolación por no tener la aceptación, ni el permiso, de su madre. Sylvie estuvo ahí.

Si tengo esta noche los ojos llenos de lágrimas, ¿es porque ha muerto usted o porque yo estoy viva?”

libro las inseparables
Portada del libro ‘Las inseparables’, (Lumen, 2020).

 

Andrée y Sylvie o Simone y Zaza, Ellas eran las inseparables. Así las llamaban sus maestros en el colegio. Porque lo eran y lo fueron incluso tras la trágica muerte de Zaza en 1929, cuando tan solo tenía 22 años. En ese momento, en el que se carbonizó el corazón de Simone y  en el que sufrió uno de los capítulos más duros de su vida, todavía seguían juntas.

“El sabor taciturno de mis días, no tenían sino un motivo: la ausencia de Andrée. Vivir sin ella ya no era vivir”.