Sylvia Plath: Dentro de la Campana de Cristal.

Sylvia Plath Sylvia Plath detrás de la Campana de Cristal

Sylvia Plath: Dentro de la campana de Cristal

“Escribo porque hay una voz dentro de mí que desea salir” esas fueron las palabras elegidas para el obituario conmemorativo de Sylvia Plath en el reencuentro de su instituto. Las eligió una de sus mejores amigas, Betsy Wallingford, que junto con Frieda Hughes, hija, y Heather Clark, biógrafa Plath, y la directora Maggie Gyllenhall explican en Dentro de la Campana de Cristal la inexistente línea entre realidad y ficción tras la concepción de la novela.

Título por excelencia para las chicas-suicidas de burla adolescente, siempre que aparece en algún film una joven con el libro bajo el brazo, a menudo con un aspecto intelectualoide estereotipado  – véase Annie Hall o la más reciente  The White Lotus – intuyes una actitud de insoportable inconformismo. A Ella le viene grande al mundo y no viceversa. Sylvia Plath (Boston, 1933) escribió su primera y única novela como todo lo que se proponía: como un reto. Deseaba firmar un libro aunque no fuera con su nombre – Victoria Lucas fue el seudónimo elegido – y explicar a través de otro lenguaje que no fuera poesía. “Si algo deja claro La campana de cristal es que la crisis mental que sufre su protagonista obedece a presiones sociales y culturales muy precisas”, explica Aixa de la Cruz en el prólogo que acompaña a la edición de Penguin Random House en español.

El suelo parecía maravillosamente sólido. Me tranquilizaba el saber que me había caído y que no podía caer más abajo.

LA CAMPANA DE CRISTAL, SYLVIA PLATH

 

Terminada la etapa más feliz de su vida – Sí, Sylvia Plath también sonreía – recién separada del poeta Ted Hughes  fue capaz de volver a revisitar sus terrenos más oscuros: la etapa en la que creyó que la vida ya estaba. Escribir La campana de cristal fue un acto catártico. Esther Greenwood, su avatar en la novela, le permitiría explicar en un texto autobiográfico cómo su techo estaba mucho más abajo que sus expectativas y múltiples ambiciones. Nueva York, la “escritura para mujeres”, Vogue, un brillante currículum a rebosar de matrículas de honor y becas, no le aseguraban convertirse en la escritora a la que aspiraba – y el verbo desear en Plath se queda corto-. Sylvia, igual que Esther, lo había conseguido, el tren hacia el futuro, salir de Boston, escribir en una revista, y sin embargo: nada. La superficialidad la ahogaba, el papel de mujer complaciente que también le exigían incluso en la metrópolis también. Ella quería almorzar con T.S Eliot, Ezra Pound, discutir y desentrañar poesía, pero sus planes auguraban artículos sobre medias, y un matrimonio con algún buen chico.

Aparece el símbolo, “la campana de cristal”, un bote transparente al revés, contenedor de insectos y especímenes científicos: ella respiraba ahí adentro. Existía una membrana entre su psique y el mundo. Movimientos, palabras medidas, ficticias, la pose: sólo el descanso de una bañera a rebosar la calmaba. El libro relata esa curva hacia abajo, el coming-of-age que termina con una decisión meditada y consciente: para mí, no hay cura. Tras un fallido intento de suicidio, experimentar el trauma del electro-shock e inyecciones de insulina que la llevan a no controlar ni reconocer su cuerpo, una muerte planificada es para Plath/Esther la solución más lógica. Encerrada más de tres días en el sótano de su casa intoxicada por barbitúricos, el hermano encuentra su cuerpo inconsciente y vuelve al mundo.

Descubre estupefacta que su cuerpo parece decidido a vivir. Señala una división mente-cuerpo, por la que debe burlar los trucos y artimañas de éste. El corazón que late e identifica simboliza este deseo corporal de vivir. Cuando intenta ahogarse, ese corazón palpita con el icónico verso de Plath: “Yo soy yo soy yo”. Al final de la novela, la campana se ha elevado, pero percibe que la posibilidad e que en cualquier momento vuelva a cernirse sobre ella.

Sabemos que Sylvia se recuperó, que puso tierra de por medio gracias a una beca Fullbright para seguir estudiando Literatura Inglesa en Cambridge, Inglaterra, desde donde parecía que su severa depresión había quedado disuelta en las aguas del atlántico. Ahí conoce al poeta inglés Ted Hughes, se casan meses después y, tras una breve estancia en Estados Unidos, donde Plath dio clases en Smith, volvieron a Inglaterra en 1959. Al año siguiente, Plath dio a luz a su primera hija, Frieda.

Tenía que estar tan emocionada como la mayoría de las demás chicas, pero no lograba reaccionar. Me sentía muy tranquila y muy vacía, como debe de sentirse el ojo de un tornado que se mueve con ruido sordo en medio del estrépito circundante.

SYLVIA PLATH, LA CAMPANA DE CRISTAL

Ese mismo año publica El coloso su primer volumen de poesía. Su segundo hijo, Nicholas, nació en 1962. Hughes y Plath se separan poco después; la inestabilidad de ella y la aventura de él con Assia Wevill suponían grandes tensiones para el matrimonio. Plath y sus hijos se mudaron a un piso en Londres, donde sigue escribiendo poesía, ahora frenéticamente. Los poemas que escribe en esta época se publicaron póstumamente en una colección titulada Ariel, obra ganadora del Premio Pulitzer de Poesía.  En febrero de 1963, se suicidó en la cocina de su casa, poniendo fin a su vida a los treinta y un años.

Dentro de la campana de Cristal es el primer documental sobre esta novela cuasi autobiográfica con la colaboración única de su hija, Frieda Hughes, que por primera vez habla ante las cámaras de la relación con su madre, con un acceso sin precedentes a personas que conocieron y vivieron con Sylvia Plath. A través de impresionantes reconstrucciones, cartas jamás publicadas y un material de archivo único, volveremos al verano de 1953 para descubrir a una persona sin igual que dio a luz a una de las novelas más importantes del siglo XX.