“Una curiosa historia del sexo”: derribando mitos

una curiosa historia del sexo Kate Lister

El deseo no conoce de barreras sociales, de género o de clase, nos iguala a todas las personas, aunque se encuentra determinado por las imposiciones sociales y culturales de cada época. El deseo nos diferencia de otros animales por las múltiples formas que adopta en nuestra sociedad y porque solo en nosotros produce culpa, estigma o vergüenza. En Una curiosa historia del sexo (Capitán Swing, 2022), Kate Lister nos cuenta, a través de anécdotas y curiosidades, cómo han cambiado las actitudes en cuanto al sexo a lo largo de la historia.

El sexo en la Edad Media

Nuestros antepasados medievales eran menos mojigatos de lo que pensamos. Cierto que el sexo solo se consideraba lícito dentro del matrimonio entre hombre y mujer, pero en este contexto, se entendía como algo central en la vida y se hablaba de él sin pudor. Además, el placer femenino se valoraba para lograr la concepción, tal y como defendió Hildegarda, y en caso de impotencia masculina, la mujer podía solicitar la anulación de la boda. Sí, el sexo iba unido a la procreación, pero antes de las cazas de brujas, incluso la iglesia era permisiva con la prostitución, la homosexualidad o el aborto.

El deseo y el placer sexual no entienden de clases

Kate Lister

 

Otro mito muy extendido sobre la Edad Media es la falta de higiene y no cabe duda de que, para nuestro olfato del siglo XXI, las ciudades medievales, sin agua corriente ni alcantarillado, no resultarían muy agradables, pero mucho menos lo serían las del Renacimiento. En realidad, las personas del medievo no se mostraban contrarias a la higiene personal, se sabe que empleaban plantas como la lavanda para mejorar su olor y las casas de baño eran frecuentes, de hecho, en el siglo XIII existían treinta y dos de estos establecimientos en París. Fue la llegada de la peste y de la sífilis las que acabaron con esta costumbre y para los renacentistas, de los que siempre hemos creído que eran mucho más avanzados culturalmente, lavarse solo servía para exponer la piel a infecciones.

Más tarde, llegaría la obsesión por el olor, especialmente, de los genitales femeninos. La vulva se comenzó a considerar entonces un lugar desagradable, muestra de ello es que nosotras tengamos cientos de productos específicos para limpiar esa zona y ellos ninguno, que los tampones se consideren productos de higiene como si la menstruación fuera algo sucio o que no depilarse el vello púbico se vea como un signo de dejadez en las mujeres cuando se sabe que protege de infecciones y enfermedades. Otro ejemplo es la popularidad de las duchas vaginales desde el siglo XIX hasta nuestros días, a pesar de asociarse con el cáncer de ovarios, esterilidad y candidiais, aunque al menos ya no se les añade productos químicos como el lysol que también se empleaban para desatascar tuberías.

Copos de maíz, vibradores y pornografía victoriana

La historia de que el primer vibrador fue inventado por los médicos victorianos, que se encontraban extenuados de masturbar a sus pacientes con los dedos para curar la histeria, es maravillosa, pero Kate Lister decide aguarnos la fiesta y contarnos que no es más que una leyenda urbana.

De hecho, la masturbación se veía como responsable de la “epidemia” de histeria que asolaba a las mujeres, así que es poco probable que se fomentara desde la medicina. Lo que si se realizaban eran masajes pélvicos para curar ciertas enfermedades, pero viendo los manuales médicos de la época es poco probable que esos masajes pudieran provocar orgasmos.

También es verdad que el primer vibrador eléctrico fue inventado por el doctor Joseph Mortimer en 1870, pero como masajeador para calmar molestias en hombres, no en mujeres. Esto, por supuesto, no quiere decir que la gente no se diera cuenta del placer que podía producir el vibrador en otras partes del cuerpo, pero los señores victorianos —los mismos que consumían pornografía, de la que hay bastantes ejemplos en el libro, y prostitución en grandes dosis— se habrían llevado las manos a la cabeza de saber que sus decentes mujeres experimentaban con el masajeador de Mortimer.

Uno de estos señores fue John Harvey Kellogg que, en su cruzada contra la masturbación, llevó a la práctica medidas como la circuncisión sin anestesia y la quema del clítoris con fenol o, la más lucrativa, la elaboración de un copos de maíz, un alimento insípido y simple, para suprimir la lujuria y “sanar” a los masturbadores. La próxima vez que os apetezca desayunar unos corn flakes, recodad que se inventaron para matar la libido.

Preservativos, aborto y otros mitos

En la tumba de Tutankamón se encontraron los que podrían ser los primeros preservativos de la historia, estaban hechos de lino y servían para cubrir los genitales masculinos, aunque se duda de si su función era anticonceptiva o ritual. De lo que no cabe duda es de que los métodos para no concebir son casi tan antiguos como el ser humano, pero no servían para evitar las enfermedades de transmisión sexual.

No fue hasta la epidemia de sífilis del siglo XIX cuando se empezaron a buscar métodos que de verdad protegiesen contra el contagio y fue Falopio, el mismo de las trompas, el que inventó el primer preservativo eficaz para ello: una funda gruesa hecha de lino y tripas de animales que se fijaba al pene con una cinta. Cuando un hombre se queje de tener que usar condón, ponedle una foto de la funda de Falopio para que agradezca la invención del látex en los años veinte y la revolución que supuso.

Con unos métodos anticonceptivos de difícil acceso y dudosa eficacia, es lógico que los embarazos no deseados fueran frecuentes y también los abortos. Como ya se ha comentado, en la Edad Media no estaban tan estigmatizados e, incluso, se consideraban un medio para el control de la natalidad. Además, se pensaba que la criatura no tenía alma hasta el primer movimiento fetal, por lo que el aborto hasta ese momento no se veía como un acto criminal. Sin embargo, con las cazas de brujas, la Iglesia comenzó a perseguir y a condenar a las mujeres sabias que los practicaban y a las mujeres que recurrían a ellos. Aún así, en la España católica no existió una legislación contra el aborto hasta el siglo XV y en Inglaterra no se prohibió oficialmente hasta 1803. Entonces, como sigue ocurriendo hoy en día, la ilegalización no terminó con los abortos, solo consiguió que fueran más peligrosos para la vida de las mujeres.

En cuanto a la prostitución, al margen de si se está de acuerdo o no con la opinión de Lister al respecto, es interesante cómo desmonta el mito que considera este oficio como “el más antiguo del mundo”. El primer lugar, porque los oficios y el dinero son una invención bastante reciente, pero también porque el significado que se ha dado al sexo ha cambiado según la época y la cultura y es poco probable que la prostitución existiese en sociedades no patriarcales o más igualitarias. De hecho, no se han encontrado evidencias del comercio sexual entre los maoríes de Nueva Zelanda o los nativos americanos antes de la llegada de los europeos para “civilizarlos”.

La dificultad de contar nuestra intimidad

Lister es consciente de la dificultad para contar la historia sexual de la humanidad porque los textos solo reflejan las opiniones religiosas, los estereotipos de la ciencia patriarcal o las resoluciones en procedimientos judiciales, cuando es muy probable que la realidad fuera mucho más rica y variada. Por eso, Una curiosa historia del sexo no pretende ser un ensayo exhaustivo sobre la cuestión, sino una recopilación de curiosidades entretenidas sobre el sexo a lo largo de la historia que también pueden servir para reflexionar sobre los condicionamientos sociales que determinan nuestra forma de entender el deseo.