Doris Lessing: no escribir sería como vivir a medias.

Doris Lessing

Doris Lessing y la palabra como antídoto: El mal humor y los sentimientos no razonables

Doris Lessing dijo que no escribir le hacía ponerse de mal humor. Gran parte de su obra es intensamente autobiográfica; dejar de escribir sería algo como vivir a medias y eso, desde luego, es entendible que cause frustración.

Escribió mucho sobre mujeres. En 2007 fue galardonada con el Premio Nobel de Literatura «por su capacidad de trasmitir la épica de la experiencia femenina y narrar la división de la civilización con escepticismo, pasión y fuerza visionaria». Muchos de sus personajes femeninos eran madres: «Toda mi generación tiene madres frustradas y amargadas».[1] Y, sin embargo, a su propia madre no la supo comprender hasta después de muerta: «Ahora entiendo exactamente cómo era y por qué hacía las cosas que hacía».

Los padres de Lessing  se conocieron en la Primera Guerra Mundial; él era oficial del ejército británico y sufrió la amputación de una pierna. Se casó con la enfermera que lo atendió y ambos se trasladaron a Persia (Irán), donde nació Doris May Tayler. Siendo aún niña, los padres de Doris se mudaron a Rodesia del Sur (actual Zimbabue) y compraron una granja con la expectativa de hacerse con una buena fortuna y una mejor posición social. Pero las cosas no les fueron como esperaban. La madre de Doris fue especialmente severa en su educación; anhelaba criar a una dama, pero la modesta vida de la granja y el espíritu salvaje de su hija no encajaban con los deseos de la madre. Sus aires de grandeza mezclados con los sueños frustrados hicieron insoportable el ambiente familiar y la joven Doris, a los 15 años, abandonó el hogar.

Fallecida su madre, Lessing dijo que entendía su drama y también «que para ella fue una tragedia tener una hija como yo». La escritora declaró en varias ocasiones que no solía llorar. No obstante, contó que cuando murió su gato pasó diez días enteros sollozando. Se sorprendió, pues no había llorado siquiera por su madre. Pero el tiempo y, sobre todo, las palabras ponen las cosas en su lugar; a eso se le llama dolor desplazado, comprendió.

Ella misma, como madre, tuvo un pasado truculento. Se desconocen las causas específicas y las circunstancias concretas de lo que ocurrió —además, no escribo para juzgar—; el caso es que tras divorciarse de su segundo marido, se mudó a Reino Unido con su hijo pequeño dejando atrás, en Sudáfrica, a sus dos mayores, hijos del primer marido. Aseguró y no hay por qué no creerlo, que fue lo más difícil que tuvo que hacer en su vida. Lo hizo, clarificó, porque no quería desperdiciarse siendo solo madre.

              Una madre muy especial es Susan Rawlings, la protagonista de la novela corta La habitación diecinueve (1963). Susan y Matthew son la pareja ideal. Su matrimonio está basado en el amor y en la inteligencia. Al comienzo del relato saltan a la vista palabras como deleite, felicidad, regocijo. Según pasan las páginas aparecen términos como apropiado, razonable, monotonía. La narración avanza y, de pronto: culpa. No sólo los acontecimientos sino las palabras que los describen indican un cambio de rumbo y de sentir.

              La pareja se quiere, se llevan estupendamente, se entienden. Pero en el momento en que Susan se queda embarazada ella —de mutuo acuerdo— deja su profesión naturalmente. Él trabaja en Londres y ella cuida de la casa y los cuatro niños en las afueras. Es una estructura, una entidad que «había llegado a existir, había surgido de la nada, porque Susan amaba a Matthew y Matthew amaba a Susan. Extraordinario».[2] Jamás pelean, viven en una gran casa blanca con jardín, junto a un río, y son la envidia de todas sus amistades. Tienen la familia y la vida perfecta.

              Se trata, sin embargo, de una estructura muy pesada pues está cargada de perfección; para Susan significa tener que soportar ser perfecta para todos, todo el tiempo. Incluso para sí misma. No se permite un error, una duda, un mal pensamiento. La casa, tan grande e impoluta, también pesa. Por eso cuando decide buscar un lugar donde esconderse de todo, unas horas al día, encuentra su sitio en las antípodas: un hotelito de nada, ruinoso, oscuro, con la colcha maloliente y las cortinas manchadas. La habitación diecinueve de Fred’s Hotel es un cuartucho pequeño. Busca estar sola, pero incluso más importante que la soledad que le proporciona la estancia es la certeza de que nadie sabe dónde está.

Por las tardes, cuando regresa a casa, continúa siendo perfecta, extraordinaria, espléndida. Pero el frágil equilibrio que mantiene «esa extraordinaria estructura» se desmorona en cuanto Matthew descubre el refugio de Susan. Contrata a una agencia de detectives para seguirla y ella comprende: «su marido la estaba buscando (el mundo la estaba buscando)», y con esta frase admite que su marido es el mundo y que su mundo es su marido.

¿Pero cómo llega a ser para la perfecta madre y esposa un refugio la destartalada habitación diecinueve? ¿Se siente solo madre y esposa, como su autora, Doris Lessing? ¿Desperdiciada?

              No es casualidad que para Susan la vida perfecta comience a resquebrajarse tras la primera infidelidad de Matthew (su matrimonio se basaba en la inteligencia y en el amor). Ella no lo quiere admitir, su «inteligencia», su racionalidad le dicen que no es importante. «Susan le perdonó, por supuesto». Pero empieza a sentir y a pensar: si esa infidelidad es realmente la primera en diez años, entonces «o bien los diez años de fidelidad no eran importantes, o ella no lo era». Continúa por cuestionar sus sentimientos y censurarse: «No, no, hay algo mal en este modo de pensar». Califica sus pensamientos de ridículos y absurdos y no se atreve a compartirlos con su marido. Él, con toda razón y autoridad, la dispensaría con condescendencia, le quitaría importancia al asunto o la remitiría a un doctor: «¿Quizá deberías ir al médico».

              Para Susan es una tragedia y un fracaso personal descubrirse como un ser irracional y trata de convencerse de que debe aceptarse así: como alguien incapaz de controlar sus sentimientos, como quien «tenía que vivir sin un brazo, que tartamudeaba o estaba sorda». Para ella (y para Matthew) la única posibilidad «sensata» es olvidar el asunto de la infidelidad. Lo que se había basado en el amor y en la inteligencia comienza, pues, a depender solo de lo último. De esta forma Susan «continuaba sosteniendo que todo iba bien». Sin embargo, no consigue controlarse, no lo puede remediar, sus pensamientos no se pueden aplacar. ¿Por qué «sentía como si la vida se hubiese convertido en un desierto, y que nada importaba, y que sus hijos no le pertenecían?»

              Susan llega a la cuarentena aburrida y cansada, pero «en diez años más, volvería a ser una mujer con vida propia», cuando los niños fueran mayores. Es «parte del plan», piensa Susan, las cosas están en orden. Ella renuncia y se sacrifica por una promesa que le pospone la vida, y lo hace con gusto porque así debe ser. No obstante, siente «como si la verdadera Susan estuviera latente, como si permaneciera congelada». Y de repente un día, cuando regresa de dejar a los niños en el colegio no siente ganas de «entrar en su gran y bella casa». Trata de explicarse su actitud. «Tengo que aprender a ser yo misma otra vez», se dice. Siente inquietud y vacío, pero no le cuenta a Matthew esos pensamientos porque no son «razonables».

              Se esfuerza por centrarse en sí misma pero «en cuanto se obligaba a pensar en Susan, sus pensamientos se desviaban hacia cuestiones como la mantequilla o la indumentaria escolar». Llega a la conclusión de que necesita estar sola, sin nadie cerca, en un lugar donde la carga mental no exista y desaparezca el «resentimiento que le causaba el hecho de que las siete horas de libertad de cada día —mientras los niños están en el colegio—no fueran horas libres, que nunca, ni por un segundo siquiera, pudiera liberarse de la presión del tiempo, de tener que recordar esto o aquello». A veces se mete en el cuarto de invitados de la casa y cuando los niños la llaman permanece «en silencio, llena de culpa». No puede entenderse a sí misma y, aun así, debe hacerlo porque la estructura no se sostiene sin Susan; de ella dependen la normalidad y la tranquilidad de la familia, incluso a pesar de la suya propia.

              Por fin resuelve que necesita unas vacaciones y se lo dice a Matthew. Él, por supuesto le «había acabado de diagnosticar que sufría de insensatez». La pareja perfecta ahora comparte casa como «dos extraños que se tratan con tolerante amabilidad». De modo que Susan se va de vacaciones al rincón más remoto de Gales y se dedica a hacer largas caminatas. Durante sus vacaciones (término que otorga al cuidado de la casa y los hijos la categoría de trabajo), los niños la llaman por la mañana para darle «ánimos», ella telefonea a Matthew por las noches y a la hora del almuerzo contacta con ella la señora que limpia la casa, solicitando consejo o pidiendo instrucciones. Susan pasea «con el cable del teléfono atándola a sus obligaciones como una correa».

              Cuando vuelve a casa le pide a Matthew contratar a una au pair que termine de hacerse cargo de las tareas del hogar y de los niños. Éste accede, desentendiéndose «pues se había alejado del ámbito del hogar tanto como marido como en su condición de padre». Es entonces cuando Susan empieza a frecuentar Fred’s Hotel, al principio tres y luego cinco días a la semana, de diez de la mañana a seis de la tarde, siempre regresando a tiempo para la cena de los niños.

              ¿Y qué hace en esa habitación del hotel, la número diecinueve, tantas horas? «Pues absolutamente nada». Se sienta en una silla de mimbre, cierra los ojos y se permite estar sola: «Estaba sola y nadie sabía dónde estaba» (lo que es casi más importante para ella). Atesora su anonimato, alejada de su rol: «pensaba que para mí no existía nada más allá de mi papel de esposa».

Matthew se muestra indiferente a sus ausencias. Sin embargo un día, cuando Susan descubre que un detective ha estado preguntando sobre ella en el hotel, que su marido (que el mundo) la está buscando, la paz de la habitación diecinueve se desvanece. En su interior, Susan se impulsa «de un lado a otro como una polilla que se arroja contra el cristal de la ventana y luego se desliza hacia abajo, batiendo sus alas rotas, para acabar estrellándose otra vez contra la barrera invisible».

Se marcha a casa y se siente «culpable de regresar a su propia casa» cuando nadie la espera. A través de la ventana, observa a su hija pequeña en un sillón, supone que debe de estar enferma si no ha ido al colegio. Se imagina que entra en la casa, toma a su niña en brazos y la acaricia… cuando de pronto ve cómo la au pair hace exactamente eso. Sus hijos han aprendido a vivir sin ella; Susan parpadea para disipar «lágrimas de despedida».

Una vez en el cuarto de matrimonio le dice a Matthew que ya no hará más incursiones, pues en cuanto él había descubierto dónde estaba «dejó de tener sentido». Él se excusa diciendo que estaba preocupado, que pensaba que podría estar siéndole infiel. «Susan sabía que él habría deseado que lo tuviera», lo que le aterrorizaría sería descubrir la verdad, que ella le dijera: «He pasado cada uno de mis días en una habitación de hotel muy sórdida. Es el sitio donde soy feliz. De hecho, no existo sin él». Entonces ella le miente, le dice que sí ha sido infiel, a lo que él responde con alivio: «debo confesar que yo también he tenido una pequeña aventura».

A continuación y, con tono relajado y distendido comenta, sin embargo, que no se imagina casado con otra persona. Susan está sentada en el tocador del cuarto, peinándose, evitando el contacto visual con Matthew a través del espejo mientras le habla. Deberían salir a cenar los cuatro juntos, sugiere él, ahora sería absurdo andarse a escondidas. «Estoy sola, estoy sola, estoy sola», se repite Susan con el cepillo en la mano.

La mañana siguiente Susan se dirige a Fred’s Hotel y encuentra la habitación diecinueve igual que siempre: el brillo barato de la colcha, el polvo en la ventana, la mancha en la cortina. Se sienta en la silla y se concede «la pura inactividad». Pero incluso en ese esfuerzo por la nada, no deja de pensar en Matthew, en si debería dejarle una nota o una carta. También en sus hijos, pero «qué hipocresía estar allí sentada, preocupándose por los niños cuando iba a dejarlos porque no tenía fuerzas para quedarse». Deja pasar las horas. Decide «simplemente no pensar en los vivos». Podría decirse que los vivos hace mucho que dejaron de pensar en ella. Luego se levanta, mete dos chelines en la estufa y enciende el gas. Por primera vez desde que frecuenta la habitación diecinueve se tumba sobre la cama y su repulsiva colcha. Está «muy contenta allí tumbada».

Doris Lessing dijo que no escribir le ponía de mal humor. El mal humor, la culpa, la amargura son sentimientos «ridículos», «no razonables», y la «inteligencia» y la racionalidad de Susan no se los permite. El matrimonio de los Rawlings es una estructura vital edificada sobre el sacrificio de una vida —resulta contradictorio—, cuya importancia recae principalmente en la interpretación de un papel, una realidad que se convierte en falsedad y un espejismo de perfección que acaba con todo lo bueno que tenían al principio y que no era fingido: «se enamoraron de verdad». Lo que estaba basado en amor e inteligencia pasa a sostenerse únicamente con una inteligencia deficiente, coja, de una sola pata: la racional. La inteligencia emocional es inexistente en el concepto de «inteligencia» que rige las vidas de Matthew y Susan. En su caso la felicidad no es compatible con la inteligencia, pero sí lo es fingirla.

Así como la razón responde a la mente los sentimientos deben atender al corazón. Si uno presiente emociones turbadoras —si uno tiene un mal día y éste se reproduce y empieza a desplegarse en una mala semana, un mal mes, un mal año— o se pone de mal humor, una opción para no caer en la oscuridad es la fórmula de Doris Lessing: escribir. A veces, puede ir la vida en ello.

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[1] Entrevista Doris Lessing, la escritora combativa. Rosa Montero, 18 Nov. 2013. EL PAÍS.

[2] La habitación diecinueve (1963), Doris Lessing. https://www.literatura.us/idiomas/lessing/room19.html